Sobrecarga del sistema nervioso= enfermedad

Se han observado los efectos del sonido y la vibración en el sistema nervioso central. El sistema nervioso se compone del sistema simpático y del parasimpático, el sistema simpático se encarga de mantenernos en alerta y generar una reacción rápida en caso de peligro. En la actualidad el sistema simpático se halla activado continuamente generando continuo estrés y desgaste, que es sin duda una de las mayores causas actuales de enfermedad. El sistema parasimpático, cumple la función de parar el sistema parasimpático y con ello llevarnos a estados de calma, necesarios para la regeneración de cuerpo y mente. A día de hoy muchas personas tienen el sistema nervioso desequilibrado, con una hiperactivación del sistema simpático y una atrofia del sistema parasimpático. La Sonoterapia consigue activar el sistema parasimpático y con ello regular, equilibrar y armonizar el sistema nervioso devolviendo la salud. Es de destacar que el sistema nervioso influye en el resto de sistemas que regulan el cuerpo y la mente humana entre ellos el sistema inmunológico, encargado de mantener nuestras defensas altas frente a ataques bacteriológicos y virales. No contar con un sistema nervioso central fuerte es garantía de enfermedad a corto, medio y largo plazo. Así, la Sonoterapia puede reducir y aliviar el estrés que es la principal causa de enfermedades de todo tipo. Solo por su capacidad para aliviar el estrés, la terapia de sonido se encuentra entre los medicamentos más eficientes y ampliamente disponibles. Por todo ello, la Sonoterapia tiene mucho que aportar en el campo de la salud y el bienestar físico y mental de ser humano.

La invasión es en nuestros cuerpos

Este tema de los chemtrails y haarp y contaminación https://www.youtube.com/watch?v=CyY6uIn0Vck

Hay una serie 2016 maso que se llama V (visitantes) esta en face nomas … tipo la vieja de V de los lagartos … su continuacion digamos https://www.facebook.com/watch/HIEI-140231616049837/…hay un capitulo en el que tiran algo rojizo en el cielo … es para “copular” a los seres humanos. Los humanos, estamos siendo invadidos desde dimensiones inferiores. Por eso se abre el Cern entre otros para que entren demonios de todo tipo. Covid es demonios.

https://ramenparados.com/el-anime-de-id-invaded-contara-co…/.

Todo lo que estás viendo es eso, una invasión perfectamente orquestada. Cuando los demonios entran en contacto con el elemento aire perfecto para moverse (volar) y “cogerselos” a uds. Se puede ver en la pelis … la invasión de los ultracuerpos … hay 3 versiones creo … la 2da es la q vi … la primera…estan muy buenas … ahi se muestra bien como nos “toman” aunque no explica mucho mas.

Cito.

“Nuevo Tiempo está gestando hasta que se abra paso y comience a ser. El tiempo de luz que anunciaban los ancestros, el tiempo nuevo que brilla la luz de la fe y la sabiduría. No tengan miedo aquellos que saben que es la Verdad, No tengan miedo los que saben de Dios y le sirvan, contemplación para ser el nuevo ser receptivo de la Creatividad Divina.”

Un antes y un después, un nuevo comienzo de comienzos. Pedid que la “Puerta de Jade” (chakra8/pecho/centro) sea en vosotros solo así será posible puros para ayudar a que la pureza sea. En el tiempo adecuado, TODO será como Deba Ser. No sois perfectos, vuestros defectos son parte de la dualidad de vuestra existencia, en la balanza pesará lo mejor de vosotros si esta se inclina en vuestro favor salvados sean. Sean seres de Paz y de Amor “Curad y seréis curados” “Amad y seréis amados”

tbn pueden ver

https://www.spiritualresearchfoundation.org/…/rios-lluvias…/

Estamos cerca del punto cero, tengan Fe, hoy más que nunca. Tengan Fe (verdadera) en Dios que esta mas cerca que nunca, sin miedos. Argentina es clave en lo que viene. Gran abrazo

Capitalismo y modernidad- El robo del siglo (del alma)

Desde los posicionamientos anti-capitalistas convencionales -autodenominados revolucionarios [1]- advertimos una ampliación del concepto de capitalismo, trascendiendo progresivamente lo referido al orden económico y al sistema de producción para entrar de lleno en lo social, lo comunitario y lo relacional. Siendo esto sin duda necesario y muy de agradecer, pues supone una clara superación del reduccionismo teórico y un alejamiento de las definiciones descriptivas y contextuales del capitalismo a que nos ha acostumbrado durante décadas el marxismo intelectualista, nos parece sin embargo insuficiente pues el capitalismo se ancla en supuestos ideológicos mucho más profundos de lo que habitualmente se supone, que conviene hacer explícitos. 


El capitalismo -con todo su magno proyecto de re-ordenación de la sociedad- es solo la cara más visible -y material- del desastre moderno, el cual es fundamentalmente de carácter espiritual, pues tiene que ver básicamente con la falta de ‘anclaje’ de la sociedad en aquellos principios que la fundamentan y hacen posible. Consideramos que el capitalismo se arraiga profundamente en la desviación que supone la modernidad pero no puede ser identificado por completo con la misma en tanto se sitúan en diferentes niveles de realidad.

La ‘desviación’ que implica la modernidad posibilita el capitalismo de modo semejante a como un determinado suelo o sustrato posibilita el crecimiento de unas determinadas plantas e impide el desarrollo de otras. De este modo la modernidad aparece como algo más amplio y profundo -pero también más vago y difuso- que el capitalismo mismo. 

Como decimos el punto de vista propio de la modernidad es de carácter anti-espiritual e implica un posicionamiento marcadamente anti-metafísico. El capitalismo, si bien se nutre de este posicionamiento anti-tradicional no lo hace explícito ni lo argumenta, no requiere de ello, pues sus objetivos son otros: la conformación de una sociedad invertida en los principios que la rigen.  

Y, dado que es perfectamente imaginable un futuro post-capitalista en que sin embargo los sueños, deseos y ansias de la gente por el individualismo, la insolidaridad y el hedonismo  más chusco y materialista como única meta en la vida permanezcan inalterados, el fin del capitalismo presente no implica per se el fin de la ‘desviación moderna’ -el ‘paradigma moderno’- que le ha originado, a no ser que se produzca además del hipotético colapso del capitalismo en tanto que orden social, un cambio profundo de mentalidad así como de los principios mismos en que se basa la sociedad. 

Por lo tanto dos conclusiones nos parecen necesarias: 

  • es un error identificar el capitalismo con el único enemigo -como a veces se hace desde ciertos discursos de la izquierda-, así como tomarlo por el enemigo completo. Es lógico que las ‘izquierdas’ así lo hagan pues son modernas de vocación y convicción. Por otra parte lo mismo puede decirse al respecto del liberalismo, pues es perfectamente posible un capitalismo no-liberal, como de hecho han existido modelos y propuestas en este sentido históricamente. Discutir si el capitalismo liberal ha triunfado debido a razones ontológicas -su esencia ideológica está más cerca del núcleo paradigmático de la modernidad- (como sostienen autores como Dugin o Debord, entre otros) o tan solo a razones circunstanciales inscritas en el contexto histórico sería tema de otro debate. 
  • es un error asimismo tomar el capitalismo por un enemigo externo, ajeno y al margen de nosotros. No puede serlo porque el capitalismo es una construcción social, no un ente con existencia propia, y como tal construcción existe por convención, es decir, se apoya y sustenta en una subestructura cognitiva de creencias, ideas, emociones y expectativas muy profunda, interior a nosotros mismos, que no es “capitalismo” sino que es el núcleo mismo del paradigma de la modernidad, como a continuación veremos. Sin cambiar esta subestructura profunda es verdaderamente difícil por no decir imposible enderezar el orden social invertido que el capitalismo ha instaurado. 

Si reflexionamos sobre el modo en que el capitalismo construye las relaciones humanas es fácil reparar en que tales relaciones se sustentan en un modo particular de ver y entender el mundo, modo de ver el mundo que no es sino la extensión del ‘punto de vista profano‘ a todos los ámbitos de la existencia y que identificaremos más concretamente con la ‘desviación moderna’. 

Sin la imposición de este ‘punto de vista profano’ sobre todos los órdenes, sin su penetración en el alma humana hasta alterar la mirada misma del hombre, el capitalismo no existiría siquiera como posibilidad pues carecería de la base ideológica y emocional necesaria sobre la que germinar y desarrollarse. La modernidad es el tronco desde el que el capitalismo se desarrolla a modo de vástago, de modo tal que, careciendo de éste vástago, la misma modernidad daría lugar a otro, quizá de diferente aspecto pero de idéntica raíz. 

Así cuando profundizamos en las raíces ideológicas del capitalismo descubrimos que lo que subyace a este no es una relación de producción ni tampoco una relación de trabajo sino que estas vienen ocasionadas por un modo de ver y sentir el mundo, ‘modo de ver’ que es producto de un posicionamiento metafísico, o mejor dicho en este caso, de un posicionamiento anti-metafísico.  

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Para comprender esto debemos explicar brevemente en qué consiste el ‘punto de vista profano’ propio de la modernidad.

Digamos en primer lugar que el paradigma moderno se caracteriza ante todo por su ‘giro anti-metafísico’. Giro que, al modo del ‘giro copernicano’ en las ciencias, supuso un cambio de paradigma entre el modo de ver el mundo anterior y el posterior. Este ‘giro anti-metafísico’ consiste básicamente en lo que hemos denominado ‘punto de vista profano’, es decir la negación de todo carácter sagrado en cualquier aspecto de la realidad. La extensión de semejante ‘punto de vista profano’ a todos los ámbitos de la vida humana supuso un cambio radical en el modo de relacionarse el hombre con su entorno y es esta alteración de la relación hombre-mundo lo que está en el origen del capitalismo.  

Impuesta esta desacralización -o profanación, lo que en el fondo es lo mismo- forzosa de la realidad el mundo se convierte en mero objeto carente de identidad y fin propios, así como de derechos, un escenario para nuestras pasiones más viles, listo para ser reconvertido en mercancía. Lo que hay detrás del capitalismo es en el fondo una cuestión espiritual: la profanación y des-animación del mundo. 

Hemos dicho que la modernidad implica en sí un giro ‘anti-metafísico’. Hay que advertir que la pregunta por la metafísica no es, como suele suponerse, la última pregunta a que debe enfrentarse el hombre, por el contrario es la primera y más fundamental -en el sentido estricto del término- de todas, pues dependiendo de la respuesta que se de a la misma el hombre se encuentra -vive y existe- ante una realidad u otra. 

En el caso de la modernidad hay algo más que una evitación de la pregunta, hay una consciente y voluntaria negación de la cuestión metafísica con la intención de construir su realidad en base exclusivamente a la dimensión humana. Con esta negación de cualquier principio superior la filosofía propia de la modernidad ha logrado, aparte de ignorar una buena parte de la realidad, hipostasiar toda una serie de constructos de nueva creación. 

Entre todas las hipóstasis y mistificaciones que la modernidad ha generado ninguna como la que concierne a la subjetividad. La hipostatización extrema del sujeto causa una separación absoluta entre este y el resto de realidades, lo cual origina el establecimiento de una nueva relación sujeto-realidad. Creemos que con la modernidad esta separación, este alejamiento entre el yo y el mundo, entre hombre y naturaleza, se hace insalvable, extremo y radical. El yo pasa a ser así el único sujeto de derecho por así decir, mientras el resto de la realidad queda rebajada a ser objeto pasivo, negándosele todo papel como interlocutor. Cuando la única subjetividad es la propia no solo hay una intolerable mistificación del ego propio -el egoísmo– sino una degradación ontológica de todo lo demás, de todos los seres y realidades sin excepción. Al robarle al mundo su subjetividad y cosificarlo, el hombre pierde cualquier posibilidad de interlocución con esa realidad, queda escindido de ella, separado irremediablemente. El sujeto moderno ya no está incluido en el mundo sino fuera de él, la realidad ya no es un espejo que refleja su alma y le muestra quien es, sino que es una cosa ajena, lejana, lista para ser usada. 

Vemos aquí que el carácter profanador y desacralizador de la modernidad es su esencia misma: se trata de robar al mundo su alma [2]. Desde la perspectiva de la filosofía antigua se diría que constituye un ataque directo contra el Anima Mundi. Así mientras toda cultura tradicional enseña al hombre a no identificarse con el espejismo del ego, la modernidad nos invita a lo contrario, a que el ego se imponga como único señor sobre toda la realidad. 

Es este modo hipostasiado y alienado de tratar con la realidad lo que nos impone la mirada de la modernidad. Y es este modo de mirar lo real la base epistemológica que posibilita el capitalismo. Aquí, y para ilustrar mejor cómo la modernidad es un sustrato más profundo que el capitalismo, es importante advertir que el capitalismo es solo un modo particular de aplicar esta mirada alienada y alejada del mundo de entre todos los posibles: aquel en que el mundo -lo ajeno, lo otro– es visto solo en su dimensión crematística, en tanto fuente de enriquecimiento, siendo todos los demás valores de la realidad despreciados e ignorados. En efecto, la ‘riqueza’ constituye el objetivo último de la ‘mirada capitalista’ del mundo, y esta particularidad nos pone sobre la pista de que la sociedad actual es un desarrollo anormal de los modos de vida, los objetivos y los sueños más propios de la tercera casta [3].  

Como vemos, la negación de la metafísica es un posicionamiento consciente que tiene consecuencias en la forma de ver y entender -y por tanto de construir– la realidad. Esta negación metafísica ha tomado a menudo la forma de un ‘odio a Dios’. Ciertamente la sociedad occidental un caso único en la historia de la humanidad de sociedad construida al margen de todo principio superior, lo cual es cuanto menos una rareza, una excepción en la historia, por no decir una anormalidad. 

Curiosamente, una vez destruido todo vínculo profundo con la realidad externa al sujeto surge la percepción de peligro, quizá fruto de que el mundo deja de ser hogar para empezar a ser campo de batalla. Esta percepción de peligro está en la raíz de la visión conservadora de la vida que atraviesa toda la modernidad desde su origen y se encadena de manera lógica tanto con el proyecto de control social que acompaña a la modernidad como con los ideales materialistas y acomodaticios burgueses. 

Hay algo aquí verdaderamente sutil y profundo y es que la modernidad -y su corolario el capitalismo- se sostiene sobre la percepción de peligro -una construcción psicológica y subjetiva, lo cual pone de manifiesto la mistificación de la subjetividad y la emocionalidad por sobre la realidad-. Percepción de peligro y de riesgo que es el motor real del capitalismo. En el fondo este loco afán hecho de deseo de posesión y de avaricia, no es más que el intento desesperado del ego -ese espejismo- por ser, por permanecer, sabiéndose efímero. Esta búsqueda de seguridad sumergiéndose en la materia es a todas luces una declaración de la no-aceptación de su contingencia. 

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Con las anteriores reflexiones queremos señalar que es un error ‘culpar’ al capitalismo de todo el desastre social, económico y ambiental actual. Este error no hace más que favorecer la pervivencia de numerosos prejuicios y sesgos ‘modernos’ por medio de su invisibilización. 

Existen tendencias presentes en la sociedad actual que no tienen porqué corresponderse de forma obligada con el capitalismo liberal y sin embargo son caracteres inseparables de la postmodernidad: la superstición del progreso, el culto a la técnica y la máquina que apuntan inexorablemente a algún tipo de transhumanismo… o particularidades culturales tan disparatadas como el odio al pasado -un signo anti-tradicional de primer orden- que va acompañado por la mistificación de la novedad… Todo ello caracteres que no vemos en qué son intrínsecos o inseparables del capitalismo y sin embargo no se puede negar que son tendencias muy notorias en nuestra sociedad. 

¿Puede decirse que el capitalismo las origina? Pensamos que más bien es al revés: el mismo germen que origina esas tendencias -que curiosamente son todas ellas centrífugas y socio-destructivas- es el que origina y alienta el capitalismo. 

Desde nuestro punto de vista, hemos de abrir la perspectiva y ver en el mundo moderno algo más que capitalismo, que es solo una de las caras -la más exterior por cierto- que este nos ofrece. Por ello es muy conveniente separar en la medida de lo posible ambos conceptos -modernidad y capitalismo- para avanzar de este modo hacia una crítica dirigida a los fundamentos mismos del capitalismo y no a sus características ni a sus efectos. 

Por poner un ejemplo práctico: la crítica de las izquierdas al capitalismo global debe desembocar sí o sí, si ésta es honesta, en una crítica de la modernidad racionalista, humanista e ilustrada que le ha dado lugar y que lo mantiene en tanto es su sustrato ideológico. Lo demás siempre será una crítica parcial, dirigida al fenómeno y no a su causa. 

Ciertamente, no deseamos de ninguna forma una sociedad que, aún librándose del capitalismo, sostenga desórdenes modernos como la superstición del progreso o el cientifismo fundamentalista de la sociedad actual -por poner dos ejemplos evidentes-, los cuales podrían sobrevivir sin dificultad alguna a la caída del capitalismo como orden económico y hegémonico que rige la convivencia.   

Por tanto hemos identificado una primera causa del orden capitalista y esta causa es un desequilibrio profundo en el alma del hombre, desequilibrio que favorece una escisión abismal entre el yo y los otros -o lo otro en sentido amplio-. Este desequilibrio es, antes que causado por unas relaciones sociales determinadas, la causa profunda de las mismas. 

En efecto sin tal desequilibrio profundamente inscrito en el alma del hombre, el capitalismo no tendría lugar, sería una imposibilidad manifiesta. Si damos la vuelta a este argumento encontramos que el capitalismo se origina en las profundidades del alma humana y se nutre de sus debilidades y enfermedades, debilidades y enfermedades que ensucian la mirada del hombre y le impiden ver la realidad de otro modo que como una batalla entre el yo y el mundo. Si el capitalismo es indudablemente un ataque contra el buen orden y la salud de la sociedad, la modernidad es un ataque contra el orden y la salud del alma del hombre a la que pretende someter y destruir. 

Y por esta razón el fin del capitalismo pasa por la restauración de la salud del alma del hombre, restauración que implica abandonar la perspectiva desviada de la modernidad que impone el ego sobre toda la realidad para reconstruir la relación hombre-mundo. Esta re-construcción pasa como hemos dicho tantas veces por la recuperación de la noción de alma y la concesión de que lo otro, aquello que no-es-yo es también un interlocutor. La noción de alma volverá a situar al hombre dentro del mundo y no fuera de él como le ha situado la modernidad. 

[1] El empleo del término revolucionario es bastante problemático -se habla incluso de revoluciones conservadoras (¿?)- y el uso del término -al que a menudo se acude como si de un fetiche se tratara sin la más mínima intención de acotarlo, definirlo o justificarlo pero que sirve para legitimar cualquier discurso en que se encuentre- por parte de movimientos anti-capitalistas e incluso anti-modernos es una muestra de hasta qué punto la inmensa mayoría de los planteamientos alternativos de hoy día chocan de frente con una seria limitación del lenguaje teniendo que emplear los términos fetiche de la propia modernidad para definirse y construir su imaginario. Recordemos únicamente que lo únicamente revolucionario -pues invierte el orden social- es la modernidad
[2] No es este el lugar para extenderse sobre ello pero puede relacionarse lo que decimos con el debate delirante que arrastra la modernidad desde sus orígenes acerca de la ‘conciencia’ animal. Análogo es el asunto últimamente de moda de reivindicar ciertos ‘derechos’ para algunas especies animales -¡ni siquiera para todas!-, que son aquellas que más se nos parecen… Estos derechos que se plantean como un avance y un progreso son una extensión de privilegios humanos concedidos por los mismos hombres a otros seres, como una especie de dádiva, como si el hombre tuviera realmente una potestad sobre ellos. Todo ello constituye una visión profundamente aberrante del orden natural. 

[3] La tercera casta, la de los comerciantes y artesanos, es aquella que, en una sociedad normal, se ocupa del orden y el bienestar material de la existencia -lo que coincide con la parte inferior del alma en la división tripartita clásica-. Esta reflexión, por la cual el capitalismo es el desarrollo anormal del ‘punto de vista’ de la tercera casta conduce de forma inevitable a hipotetizar que aún queda, al menos, un peldaño más que descender por parte de la ‘desviación moderna’ como tendencia histórica, hacia la cuarta casta, e incluso eventualmente hacia estados inferiores.

La tecnologia y la perdida del alma.

El Tantra madre (Magyü) dice: si uno no está consciente en la visión, es poco probable que pueda estar consciente en la conducta; si uno no está consciente en la conducta, es poco probable que pueda estar consciente en el sueño; y si uno no está consciente en el sueño es poco probable que pueda estar consciente en el bardo después de la muerte“. Tenzin Wangyal Rínpoche, El yoga de los sueños.

El papel que juega la tecnología en el proyecto en curso de construcción del ‘hombre nuevo’ es indudable. La influencia de la tecnología va mucho más allá de los aspectos políticos, sociales y convivenciales que son a los que se presta una mayor atención, si bien no ha pasado desapercibida su influencia sobre el psiquismo del sujeto humano, por ejemplo en el aprendizaje, la atención o la memoria.

Pero ciertos aspectos de esta influencia psíquica -es decir, sobre el alma- suelen permanecer ignorados.

Tecnología, símbolo y desanimación del mundo.

La naturaleza es signo visible de las cosas invisibles que esperan al hombre“. San Buenaventura de Fidanza.

En primer lugar la tecnología es un instrumento esencial a la hora de desanimar el mundo, objetivo que es común a todo el proyecto de la modernidad. Empleamos el término desanimar en su sentido etimológico: sustraer el alma. Esto lo logra la tecnología principalmente por medio de alejar al hombre de la naturaleza haciéndole vivir en un nuevo contexto creado exclusivamente por manos humanas. La tecnología destruye el lenguaje simbólico y vuelve la realidad prosaica, sin sentido, donde solo cabe ya el pragmatismo más grosero. El maquinismo materializa y desanima -extrae el alma- el mundo, le roba su alma y a la vez impide al hombre conocer la suya propia.

El hombre tradicional se descubría y conocía a sí mismo al confrontarse con la naturaleza. Ésta, cuya existencia y fenómenos le eran ajenos e incontrolables, le interpelaba de forma constante estableciéndose una suerte de diálogo en el que ambos, hombre y naturaleza, resultaban transformados dando lugar a lo que se conoce como cultura. El papel que la naturaleza jugaba en tanto sustrato sobre el cual todo el organismo social -sin olvidar el psiquismo e incluso el fenotipo propios de un pueblo- se desarrollaba, es despreciado en la actualidad por las ciencias profanas, pero su importancia siempre fue advertida y considerada por las ciencias sagradas tradicionales.

Esta idea de naturaleza nos remite como es obvio al concepto aristotélico de Prima Materia y con ello al Polo Substancial de la manifestación, la Prakriti hindú. Este Polo entra en diálogo con el Principio Espiritual de la manifestación -equivalente al Purusha hindú- a través justamente del ser humano. En otras palabras, el ser humano es el mediador entre Cielo y Tierra, pues tiene el papel de unir y conectar con su acción sagrada -el rito en el sentido más amplio del término- los Polos superior e inferior de la manifestación universal. Esta ligazón entre naturaleza y Espíritu es otro de los ‘religares’ contenidos en la palabra ‘religión’.

Ahora bien, la tecnología no solo supone para el hombre un alejamiento emocional de la naturaleza al perder su subjetividad y pasar a ser mero objeto inanimado, es decir sin alma. Lo verdaderamente crucial es la pérdida del papel simbólico que la naturaleza juega para el hombre tradicional.

La naturaleza es el símbolo más primordial y fundamental, que remite constantemente al hombre al Principio Supremo. Pero la tecnología por su parte sitúa al hombre en un contexto artificial, construido por otros hombres y carente de contenido simbólico, es decir sin la capacidad de remitir a lo Superior. El mundo tecnificado no es ya por tanto un microcosmos, sino un fragmento incompleto de una realidad imposible de completar y que pierde su sentido en la manifestación grosera y la cantidad.

Mientras la naturaleza supone una anamnesis platónica que recuerda al hombre constantemente quién es y dónde está -le sitúa en el cosmos-, la tecnología tiene por consecuencia exactamente lo contrario: separarle del cosmos, descentrarle, hacerle olvidar quién es y separarle del Principio. Se trata entonces de un nuevo velo, una nueva forma de la mítica caverna platónica que colabora en la ocultación de lo numinoso. Quizá el grado final y más inquietante de todo este proceso de desnaturalización del mundo sea el proceso, cada vez menos disimulado desde la propaganda científica y cinematográfica, de presentar la tecnología como posible receptáculo del alma, incluso del alma humana, abriendo así una vez más el camino al transhumanismo. Pero, ¿de qué podría ser la tecnología símbolo? Y, ¿con qué podría religar al hombre? Parece claro que, caso de conducir al ser humano a un nuevo horizonte, este pertenecerá a los estadios inferiores de la manifestación.

La ‘puerta de marfil’ que conduce al mundo de la ilusión.

Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplen para los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida con cuerno, la otra con marfil. De éstos, unos llegan a través del bruñido marfil, los que engañan portando palabras irrealizables; otros llegan a través de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos uno de los mortales“. Homero, Odisea, Canto XIX.

Pero existe un efecto de la tecnología más interior e insidioso y cuya influencia sobre la dimensión más sutil del hombre suele ser ignorada. Si el efecto que acabamos de indicar se produce por sustracción, al eliminar la tecnología el sustrato natural simbólico en que debe desarrollarse la vida humana y evitar que este vuelva su mirada a los Principios superiores; el segundo efecto es por adición, al generarse mediante la tecnología una nueva realidad que suplanta aquella y que el psiquismo humano interioriza como si fuera tan real como aquella y completa, cuando en realidad es fragmentaria y por ello imposible de unificar en un todo con sentido.Este segundo efecto es el más pernicioso pues actúa a un nivel mucho más profundo, inconsciente y sus efectos son equiparables a una hipnosis o una reprogramación psíquica. Hipnosis o reprogramación que, no lo olvidemos, es aplicada por lo seres humanos sobre sí mismos de manera voluntaria, en el convencimiento de que representa una ventaja o un enriquecimiento, cuando se trata, como vamos a ver, de una inmersión en los niveles más inferiores de la manifestación.

Es innegable que la tecnología supone una intrusión en la imaginación humana. La televisión, el cine y los videojuegos han cambiado por completo la forma de imaginar y de soñar. Ya Heidegger advirtió que la civilización se encaminaba a una cultura de la imagen, y si la palabra implica el discurso y el uso de la razón, la imagen implica el sentimiento y supone un descenso a los automatismos propios de lo irracional. Es fácil además ver  aquí cierta relación con las teorías freudianas y de las diferentes psicologías profundas que abren al sujeto a sus imágenes interiores a menudo sin la preparación y el discernimiento adecuados para tratar con las mismas. Cuando hablamos de la actual cultura de la imagen vamos un paso más allá: las imágenes del inconsciente resultan ser creadas por otros e implantadas de forma intrusiva. Es decir el subconsciente es inundado y conformado por todas estas imágenes cuyo sentido último es más que dudoso. Podría parecer sorprendente que la gente se someta a semejante terapia de implantación de contenido subconsciente de manera voluntaria y alegre, pero la realidad es que todo ello es fruto del profundo desconocimiento del hombre moderno acerca de su alma.

Volviendo a la forma y significado del contenido en sí mismo queremos hacer una reflexión. Este modo de penetrar e influir sobre el contenido subconsciente del ser humano no es una invención moderna, de hecho se trata de un procedimiento ancestral pues en técnicas análogas de influencia y reprogramación a nivel sutil se basa el chamanismo.

Ahora bien, es evidente que ni en el significado que porta, ni en la influencia que genera sobre el sujeto, estamos hablando aquí -al referirnos a la ‘cultura de la imagen’- de algo comparable a los métodos chamánicos tradicionales y nos preguntamos si no cabría más bien compararlo más bien con la hechicería.

Cuando analizamos la influencia y el poso que dejan estas experiencias sobre el alma humana podemos distinguir varios niveles de influencia o daño, desde suponer un ruido al modo de una nueva barrera perceptiva, que impida al sujeto acceder a su propio subconsciente y (re-)conocerse, tanto en estado de vigilia como en estado de sueño, hasta una intoxicación del alma humana en que la imaginación como órgano cognoscitivo del alma queda alterada y amputada.

‘Cultura de la imagen’ y Plutonía tecnológica.

Entramos en el bardo, el estado intermedio después de la muerte, igual que entramos en el sueño después de dormirnos. Si nuestra experiencia durante el sueño carece de claridad y se caracteriza por estados emocionales confusos y reacciones habituales, nos habremos entrenado para vivenciar los procesos de muerte de la misma manera. Al reaccionar de manera dual a las visiones del estado intermedio, nos veremos arrastrados hacia una esclavitud kármica posterior y nuestro futuro renacimiento estará determinado por aquellas tendencias kármicas que hayamos cultivado en la vida. Esto es la ‘falta de conciencia en el bardo’“. Tenzin Wangyal Rínpoche, El yoga de los sueños.

El caso extremo de todo esto es cómo esta cultura de la imagen desviada hacia la emocionalidad más primitiva supone un ‘aprendizaje inverso’, una programación hacia lo inferior especialmente dañina cuando pensamos en los estados póstumos. Para entenderlo recurriremos a la tradición budista.

Según la misma tras la muerte se produce una inmersión en el mundo sutil. En este período de transición -que el budismo denomina bardo– el ser se encuentra en un estado intermedio de cuya solución dependerá su destino postmortem -es decir, su paso a otro estado de manifestación- y durante el cual diversas experiencias de su vida pueden aparecer sin orden ni lógica aparente. El ser que se encuentra en tránsito debe ser capaz de despojarse de dichas visiones, no vincularse a las mismas  y por ello cobran sentido el cultivo del desapego y la práctica de la meditación en vida, en tanto poderosas herramientas a la hora de enfrentarse a esta realidad póstuma. Se trata básicamente de que el sujeto-espectador permanezca como observador inafectado.

Pues bien, el abuso de la emocionalidad conduce al sujeto a sumergirse más profundamente en las pasiones del ego y por tanto a apegarse de manera profunda a tales estados. Si la enseñanza subconsciente que dejan el cine, la televisión y los videojuegos es exactamente la opuesta de la que recomiendan las tradiciones espirituales, ¿cómo puede esperarse que el sujeto moderno sepa enfrentarse a la muerte? Como vemos, la extensión y el abuso de la tecnología supone una escalera descendente hacia los estadios más inferiores del Ser, una puerta al infierno, en el sentido estricto del término, aquello que en la tradición grecolatina se denominaba Plutonía.

La conclusión es que la actual cultura tecnológica y de la imagen -propiciada por la tecnología, no lo olvidemos- es una instrucción errónea, lo que supone en cierto sentido una contra-enseñanza espiritual para el sujeto moderno.