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Ether

In literatura on 25 septiembre 2014 at 16:10

Mucho han discutido físicos y químicos acerca de la naturaleza de la materia que según la hipótesis científica debe llenar el espacio. Opinan unos que dicha materia ha de ser infinitamente más sutil que el más tenue gas, imponderable y sin roce. En cambio otros dicen que ha de aventajar en densidad al sólido más denso. Se supone que en dicha materia flotan los átomos ultérrimos como motas de polvo en un rayo de sol, y que la luz; el calor y la electricidad son vibraciones de ella.
Los investigadores teosóficos, valiéndose de métodos de que no dispone la ciencia física, han averiguado que la citada hipótesis abarca bajo una misma clasificación dos muy distintas y enteramente diferentes variedades de fenómenos.
Los investigadores teosóficos han comprobado estados de materia superiores al gaseoso, observando que la luz, el calor y la electricidad se nos manifiestan por medio de vibraciones de dicha sutilísima materia. Al ver que la materia en dichos estados superiores desempeñaba las funciones atribuidas al éter de los científicos, los denominaron etéreos (acaso inadvertidamente) dejando sin nombre apropiado la materia que satisface las otras exigencias de los científicos.
Llamemos interinamente koilon a esta obra materia que llena lo que acostumbramos a llamar espacio vacío.
Lo que la mulaprakriti o materia-madre es respecto a la inconcebible totalidad de universos, es el koilon a nuestro particular universo, entendiendo por tal no tan sólo nuestro sistema solar sino la vasta unidad que abarca todos los soles visibles. Entre el koilon y la mulaprakriti debe de haber varios estados de materia; pero por ahora no disponemos de medios directos para estimar su número ni saber nada acerca de ellos.
Sin embargo, un antiguo tratado de ocultismo habla de un “fluido espiritual incoloro” “que por doquiera existe y es el fundamento de nuestro sistema solar. Externamente sólo se halla en su prístina pureza entre los soles del universo. Como quiera que su substancia es de distinta clase de cuantas se conocen en la tierra, los hombres, al mirar a través de ella, creen en su ilusión e ignorancia que es el vacío espacio. Pero no hay ni un punto de espacio vacío en el ilimitado universo” (87). Dice el referido tratado ocultista que el éter del espacio es el séptimo grado de densidad de la “substancia madre”, y que todos los soles visibles tienen por “substancia” dicho éter .
Según nuestras observaciones, el koilon aparece homogéneo, aunque en efecto no lo sea, pues la homogeneidad es privativa de la substancia madre. Es incomparablemente más denso que cuantas substancias conocemos, infinitamente denso si vale la expresión; tan denso que parece pertenecer á otro tipo u orden de densidad.
Pero ahora viene la parte más sorprendente de la investigación, pues había motivo para esperar que la materia física fuese una condensación del koilon y sin embargo, no es así. La materia no es koilon, sino la ausencia del koilon, y a primera vista parece como si la materia y el espacio hubiesen cambiado de índole, convirtiéndose la vacuidad en solidez y la solidez en vacuidad.
Para comprender esto más claramente, examinemos la estructura del ultérrimo átomo físico (lámina IV). Está constituido por diez anillos o filamentos contiguos, pero nunca en de estos filamentos y quitándole la figura espiral lo desarrolláramos sobre una superficie plana, veríamos que es una circunferencia completa, a manera de rollo sin fin reciamente retorcido, que resultaría una espiral con 1680 espiras, capaz de ser desarrollada y constituir una circunferencia mucho más larga. Este proceso de desarrollo o desmadejamiento puede repetirse hasta obtener otra circunferencia mucho mayor y volverlo a repetir de modo que estén desarrollados los siete juegos de espirillas, resultando una enorme circunferencia de puntos inimaginablemente tenues, como perlas ensartadas en un hilo invisible.
Son estos puntos tan inconcebiblemente diminutos, que se necesitan muchos millones de ellos para constituir un átomo físico ultérrimo; y aunque el número exacto no es fácil de computar, varios métodos de cálculo coinciden en dar por muy aproximado el de catorce mil millones. Con tan elevados guarismos es manifiestamente imposible el recuento directo; pero por fortuna, las distintas partes del átomo son lo bastante similares para pertnitirnos computar el número sin notable error. El átomo está constituído por diez filamentos que se dividen de por sí en dos grupos: tres gruesos y prominentes, y siete tenues que corresponden a los colores ya los planetas. Los siete tenues parecen ser de idéntica constitución, aunque las energías por ellos circulantes deben de diferir, pues cada cual responde con mayor facilidad a su especial índole de vibraciones. El recuento efectivo ha descubierto 1680 espirillas del primer orden en cada filamento. La relación entre tos diferentes órdenes de espirillas es la misma en todos los casos examinados y se corresponden con el número de puntos en la última espirilla de orden inferior. La ordinaria ley septenaria actúa con toda exactitud en las espiras tenues; pero se nota una extraña variación de dicha ley en las tres gruesas, que según indica el dibujo (lámina IV) son manifiestamente más gruesas y salientes, resultando este incremento de tamaño (apenas perceptible) de la mayor proporción entre uno y otro de los diferentes órdenes de espirillas y del mayor número de puntos en la espirilla de orden inferior. Dicho incremento sólo aumenta en 0’00571428 el tamaño total en cada caso, y sugiere la inesperada posibilidad de que esta porción del átomo esté sufriendo algún cambio, pues cabe que sea un proceso de crecimiento, así como que también hay razón para suponer que en un principio las tres espiras gruesas se parecerían a las otras.
Puesto que la observación nos demuestra que cada átomo físico contiene 49 átomos astrales, y cada átomo astral 49 mentales y cada uno de éstos 49 búdicos, tenemos en ellos varios términos de una serie progresiva, con la natural presunción de que continúe más allá de donde ya no podemos seguirla. Viene a corroborar esta presunción el que si suponemos que un punto corresponde a un átomo del primer plano de nuestro universo y aplicamos la ley de progresiva multiplicación, tendremos que 49 átomos de dicho primer plano formarán el átomo del segundo y 492 el del tercero y así sucesivamente hasta que 496 átomos del primer plano constituirán el átomo físico. La sexta potencia de 49 corresponde casi exactamente al cómputo o recuento de las espiras. Parece probable que a no ser por el ligero incremento de los tres filamentos gruesos del átomo, la correspondencia hubiese sido perfecta.
Se echará de ver que un átomo físico no puede disgregarse directamente en átomos astrales. Si la cantidad de energía que hace girar aquellos millones de puntículos en la complicada estructura de un átomo físico fuese impelida por un esfuerzo de voluntad hacia el dintel del plano astral, desaparecería instantáneamente el átomo porque los puntículos se disgregarían. Pero la misma cantidad de fuerza, al actuar en un nivel superior, no se manifiesta a través de un átomo astral, sino a través de un grupo de cuarenta y nueve. Si se repite el rechazo de la cantidad de energía, de modo que actúe en el plano mental, el número de átomos será de 492 = 2.401. En el plano búdico, el número de átomos en que actúe la misma cantidad de energía será probablemente 493, aunque nadie ha podido contarlos.
Por lo tanto, un átomo físico no está compuesto de 49 astrales ni de 2.401 mentales, sino que es equivalente a ellos en el aspecto dinámico, o sea que la cantidad de energía de un átomo físico, dinamizaría 49 astrales y 2.401 mentales.

Los puntículos parecen ser los constituyentes de toda materia desconocida actualmente por los físicos. Forman los átomos astral, mental y búdico, por lo que bien cabe considerarlos como unidades fundamentales de la materia.
Dichos puntículos son todos iguales, esféricos y de simplicísima estructura. Aunque son el fundamento de toda materia, no son de por sí materia. No son masas sino burbujas: pero no como las vesículas de vapor de agua, consistentes en una tenuísima película de este vapor, que separa del aire exterior el en ellas contenido, de modo que la película tiene superficie interna y externa, sino que más bien se parecen a las burbujas levantadas en el agua antes de llegar a la superficie, y de las cuales puede decirse que sólo tienen una superficie: la del agua empujada por el aire interior. De la propia suerte que estas burbujas no son agua, sino precisamente los puntos en que no hay agua, así los antedichos puntículos no son koilon, sino la ausencia de koilon, los sitios en donde no hay koilon, a manera de motas de nadidad flotantes en el koilon, por así decirlo, pues el interior de estas burbujas del espacio está vacío para la más potente vista capaz de mirarlo.
Tal es el sorprendente y casi increíble hecho. La materia es nadidad. Es el espacio resultante de rechazar una substancia infinitamente densa. En verdad Fohat “abre agujeros en el espacio”, y estos agujeros son la tenue nadidad, las burbujas de que están construidos los “sólidos” universos.
Ahora bien; ¿qué son estas burbujas, o mejor dicho, cuál es su contenido, la energía capaz de levantar burbujas en una substancia de infinita densidad? Los antiguos llamaron a esta energía “el Aliento”; gráfico símbolo, que parece denotar que quienes lo emplearon habían visto el proceso kósmico; habían visto al Logos cuando alentaba en las “aguas del espacio”, levantando las burbujas que construyen los universos. Pueden los científicos dar a esta “Energía” el nombre que gusten; nada importa el nombre. Para los teósofos es el Aliento del Logos, aunque no sepamos si es el del Logos de nuestro sistema solar o de otro Ser todavía más poderoso. Esto último parece ser lo más probable, puesto que en el referido tratado de ocultismo se dice que todos los soles visibles tienen por substancia el Aliento del Logos.
Por lo tanto, el Aliento del Logos es la energía que llena dichos espacios o agujeros y los mantiene abiertos contra la tremenda presión del koilon. Están llenos de la Vida del Logos, y todo cuanto llamamos materia, en cualquier plano, alto o bajo, está animado por la Divinidad.
Las unidades de energía, de vida, que parecen los sillares con que el Logos construye Su universo, son Su verdadera vida difundida por el espacio. Así se ha escrito: “Construí este universo con un átomo de mi ser” y cuando el Logos retire Su aliento, las aguas del espacio volverán a juntarse y desaparecerá el universo que tan sólo es un aliento.
La espiración o aliento que forma estas burbujas es completamente distinta y muy anterior a las tres efusiones u oleadas de Vida tan familiares al estudiante de Teosofía. La primera oleada de Vida prende estas burbujas y las coloca en las diversas disposiciones a que llamamos átomos de los varios planos, agrupándolas en moléculas y en el plano físico en elementos químicos. Los mundos están construidos con estas burbujas, con estas vacuidades que nos parecen “nada” y que son la energía divina. Es materia resultante ‘de la privación de materia. Muy verdaderamente dice Blavatsky en la Doctrina Secreta: “La materia no es más que un agregado de fuerzas atómicas ” (88).
Gautama el Buddha enseñó que la substancia primitiva es eterna e inmutable. Su vehículo es el puro y luminoso éter, el espacio ilimitado e infinito, no un vacío resultante de la ausencia de todas las formas, sino por el contrario, el fundamento de todas las formas (89).

¡Cuán vívida e infaliblemente corrobora este conocimiento la gran doctrina de Maya, la transitoriedad e ilusión de las cosas terrenas, la engañosa naturaleza de las apariencias! Cuando el candidato a la iniciación ve y no tan sólo cree, que lo que hasta entonces le había parecido siempre un espacio vacío es realmente una masa sólida de inconcebible densidad, y que la materia que tuvo por la única tangible y segura base de las cosas no solamente es por comparación tenue como el vello (la “tela” tejida por el “Padre-Madre”), sino que está constituida por la vacuidad y la nadidad, siendo de por sí la negación de la materia, entonces reconoce por vez primera la inutilidad de los sentidos físicos como guías de la verdad. Sin embargo, aún aparece más clara todavía la gloriosa certidumbre de la inmanencia de Dios, pues no sólo están todas las cosas animadas por el Logos, sino que aun la visible manifestación de las cosas es literalmente parte de Él, es su misma substancia, de modo que tanto la Materia como el Espíritu son sagrados para el estudiante que de veras entiende.
Indudablemente, el koilon en el que se abren las burbujas es una parte y acaso la principal de lo que la ciencia llama el luminoso éter. No está todavía bien determinado si es el transmisor de luz y calor a través de los espacios interplanetarios; pero es seguro que estas vibraciones afectan a nuestros sentidos corporales por el único medio de la materia etérea del plano físico, aunque esto no prueba en modo alguno que se transmitan dichas vibraciones a través del espacio de igual manera, pues muy poco sabemos de la extensión que abarca la materia física etérea en el espacio interestelar e interplanetario, aunque el examen de la materia meteórica y del polvo cósmico demuestra que algo de éter físico ha de haber difundido por allí.
La hipótesis científica asienta que el éter tiene la propiedad de transmitir con determinada rapidez ondas transversales de toda longitud e intensidad. Probablemente puede aplicarse esto al koilon, suponiéndolo capaz de transmitir las ondas a las burbujas o agregaciones de burbujas; y antes de que la luz hiera nuestra retina debe de haber una transinframisión de plano a plano, análoga a la que ocurre cuando un pensamiento levanta una emoción o determina un acto.
En un folleto acerca de La densidad del éter, dice Sir Oliver Lodge:
“Considerando que la relación entre la masa y el volumen es muy pequeña en el caso de un sistema solar, de una nebulosa o de una nébula, me inclino a pensar que la densidad de la materia, tal como la calculamos con relación a la gravedad, es probablemente una pequeñísima fracción de la densidad de la substancia que llena el espacio y de la cual cabía suponerlo compuesto.
“Así, por ejemplo, si consideramos una masa de platino y suponemos que sus átomos están compuestos de electrones o de algunos elementos similares, el espacio que estos electrones ocupan cada uno de por sí es la diezmillonésima parte del espacio ocupado por el átomo, y la fracción sería todavía menor con relación a toda la masa de platino. Por lo tanto, la densidad del éter, calculada sobre esta base, sería unas diez mil millones de veces superior a la del platino”
Añade Oliver Lodge más adelante, que la densidad del éter debería computar se en cincuenta mil millones de veces la del platino, pues “la más densa materia que conocemos es un tenue vello en comparación del inalterable éter del espacio”.
Por increíble que todo esto parezca, dadas las ideas predominantes sobre el éter, es indudable que más bien hemos pecado por carta de menos que por carta de más en la proporcionalidad observada en el caso del koilon.
Comprenderemos esto mucho mejor si recordamos que el koilon parece absolutamente homogéneo y sólido, aun cuando se le observa clarividentemente con una potencia
visual que aumenta el tamaño de los átomos físicos como si fueran cabañas esparcidas por un solitario páramo.

Además hemos de tener en cuenta que las burbujas componentes de estos átomos son lo que bien cabría llamar fragmentos de nadidad.
En el folleto citado señala Oliver Lodge muy vigorosamente la intrínseca energía del éter, diciendo: “En cada milímetro cúbico del espacio existe permanentemente y por ahora inaccesible al hombre una energía equivalente a la producción total, durante treinta millones de años, de una central eléctrica de un millón de kilovatios.”
También aquí se queda Oliver Lodge muy por debajo de la estupenda verdad.
Alguien preguntará que cómo nos es posible movernos desembarazadamente en un sólido diez mil millones de veces más denso que el platino. Pero fácilmente cabe responder que cuando dos cuerpos difieren mucho en densidad pueden moverse uno en otro sin impedimento, como el aire y el agua que atraviesan un tejido; el aire que pasa a través del agua; una forma astral que atraviesa las paredes o un cuerpo humano. Hemos visto formas astrales que han atravesado una pared sin darse cuenta de que la atravesaban, y para el caso tanto da decir que la forma cruzó la pared como que la pared atravesó la forma. Un gnomo pasa libremente por entre la masa de una peña y anda por los senos de la tierra tan cómodamente como nosotros por el aire.
Mejor responderíamos a la pregunta diciendo que sólo la conciencia puede reconocer a la conciencia, y pues somos de la naturaleza del Logos, solamente podemos percibir las cosas que también sean de la naturaleza del Logos.
Las burbujas son vida y esencia del Logos; y por lo tanto, nosotros que también somos parte de Él, podemos ver la materia constituí da con su substancia, porque todas las formas son manifestaciones de Él.
El koilon es para nosotros la inmanifestación, porque no tenemos todavía potencias capaces de conocerlo, y bien puede ser la manifestación de Logos de orden superior mucho más allá de nuestro alcance.
Como ninguno de nosotros puede alzar su conciencia al plano ádico, el superior de nuestro universo, conviene explicar de qué modo lograron los investigadores teosóficos ver el que muy probablemente es el átomo ádico.
En primer lugar, precisa advertir que la potencia de amplitud visual por cuyo medio se llevaron a cabo las observaciones químicas, es de todo punto independiente de la facultad de actuar en uno u otro de los planos del universo.
Esta última facultad es la consecuencia de un lento y gradual perfeccionamiento del Yo, mientras que la clarividencia es tan sólo una especial educación de las diversas potencias latentes en el hombre. Todos los planos nos circundan en la tierra como igualmente nos circundarían en cualquier otro punto del espacio, y quien agudizase su visión hasta el punto de percibir los más tenues átomos existentes a su alrededor, podría observarlos y estudiarlos, aunque se hallara muy lejos de poder actuar en los planos superiores y abarcarlos en conjunto, ni de ponerse en contacto con las gloriosas Entidades que con los átomos se construyen sus vehículos.
Alguna analogía cabe establecer sobre el caso, con la situación en que se halla un astrónomo respecto del universo estelar o digamos de la Vía Láctea, cuyas partes constituyentes puede observar bajo diversos aspectos y aunque le es absolutamente imposible apreciar el conjunto ni formar concepto exacto de su configuración ni de lo que en realidad es la Vía Láctea.
Suponiendo que el universo sea, como creyeron algunos filósofos antiguos, un Ser infinito e inconcebible, no podemos indagar lo que este Ser es ni lo que hace, pues nos hallamos en medio de Él y para conocerle sería preciso que nos eleváramos a su altura. Sin embargo, podemos analizar al pormenor las partículas de su cuerpo que estén a nuestro alcance, pues para ello sólo se necesita el paciente empleo de las fuerzas y de los instrumentos de que ya disponemos.

Con todo lo dicho, no vaya a creerse que al desplegar algo más de las maravillas de la divina Verdad, llevando nuestras investigaciones hasta el más lejano término que nos ha sido posible, alteremos ni modifiquemos nada de cuanto se ha escrito en las obras teosóficas acerca de la configuración y estructura del átomo físico, ni de las admirables ordenaciones en que se agrupan para constituir las moléculas. Todo esto queda intacto.
Tampoco hemos alterado nada en cuanto a las tres efusiones u oleadas del Logos, ni a la maravillosa facilidad con que estas oleadas moldean la materia de los diversos planos en formas a propósito para la evolucionante vida.
Pero si queremos tener exacto concepto de las realidades subyacentes en la manifestación del universo, es preciso que invirtamos el generalmente admitido sobre la
naturaleza de la materia. En vez de considerar los átomos ultérrimos como sólidas motas flotantes en el vacío, hemos de creer que lo sólido es el vacío aparente y que las motas son burbujas o agujeros abiertos en él. Una vez comprendido este hecho, todo lo demás no sufre variación de concepto. La fuerza y la materia con sus mutuas relaciones siguen siendo para nosotros lo que eran, aunque un más detenido examen ha demostrado que fuerza y materia son dos variantes de una sola energía, de modo que una anima las combinaciones de la otra; pero la verdadera “materia”, el koilon es algo hasta ahora ajeno a la esfera del pensamiento científico.
En vista de esta maravillosa distribución de Sí mismo en el “espacio”, el familiar concepto del “sacrificio del Logos” sube de punto en profundidad y esplendidez. El Logos actúa en la materia con perfecto sacrificio, y su verdadera gloria está en que pueda sacrificarse hasta el último extremo, identificándose con la porción de koilon que escoge por campo de su universo.¿Qué es el koilon? ¿Cuál es su origen? ¿Lo modifica el Aliento divino en él derramado para que al principio de la manifestación se convierta el “Oscuro ‘Espacio” en “Espacio Luminoso?” Preguntas son estas a que por hoy no podemos responder. Acaso daría respuesta un inteligente estudio de las grandes escrituras del mundo.

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